martes, 17 de julio de 2007

Nuevo disco de Los Gatos

Él venía a Rosario porque "Los Gatos" presentaban un nuevo disco en una sala cercana o perteneciente a un shopping (en los sueños los lugares nunca son lo que parecen). Me pasaba a buscar por una dirección neutral, quizás porque ni en sueños pienso decirle donde vivo. Cuando ingresé a su auto nos miramos, nos dimos un abrazo postergado desde hace tiempo, y nos besamos con timidez, con un beso bastante "seco".
Fuimos al recital. Recuerdo que estaba muy mal vestida y yo misma me miré en el sueño y me dije: "hacía tanto que no nos veíamos, podría haberme puesto algo mejor". O tal vez podía ser que la ropa estuvo pensada para no seducir.
Dejamos los boletos en la entrada y luego de atravesar un parque ingresamos en un salón. Lo perdí de vista. Faltaba un rato para que comience el recital y comencé a pasar por diferentes salas, parecían como aulas. En algunas había pibes sentados en pupitres, en otras, muchachos tirados en el piso, como dormidos o desmayados. Me puse a dar vueltas por el lugar. Salí al parque y había otras salas con diferentes actividades y yo seguía espiando cada lugar y tratando de encontrarlo.
Nadie sabía que había salido con él esa noche. Metí la mano en el bolsillo y su celular estaba ahí. Nunca supe en que momento me lo había dado. Luego de varios minutos andando sin sentido, buscándolo, veo un grupo de gente rodeando a una persona. Era él tirado en el piso. Inconsciente. No supe si estaba vivo o no (de todos modos no es para preocuparse, dicen que cuando uno mata al otro en un sueño en realidad le está alargando la vida). Cuando lo vi, me deshice de su celular, quise limpiarle marcas y lo tiré lejos. Nadie sabía ni debía saber que yo estaba ahí, con él. Pero era imposible.... caí en la cuenta que mi cartera, mis documentos y las llaves de mi casa habían quedado en su coche....
Desperté toda transpirada.....

Ya de vuelta a la realidad me levanté. Era el viernes y estaba en casa. Prendí el tele y la conductora de un matutino presentaba en su programa el nuevo disco de Los Gatos....

martes, 20 de marzo de 2007

Colchones de nube blanca

Sentí el ruido de un motor y me asomé al balcón de casa, en el sexto piso. Un camión estaba maniobrando, acomodándose sobre el techo del primer piso. Nunca antes nadie había siquiera caminado por allí. El piso parecía de una goma vieja, machacada de tantas pisadas y de un color oscuro, manchado de hollín.
Una vez instalado, el camión se perdía hacia atrás, como entrando a un estacionamiento. El camión no se movía, en realidad estaba siendo transportado de reversa por una cinta, que no se distinguía por la calidad del engomado del piso.
Al ver ingresar el camión sentí una gran curiosidad y me dirigí a la terraza, sobre el piso 17. Aún no sé cómo llegué hasta allí. La terraza no es un lugar de fácil acceso ni apta para ser transitable. El piso tiene membranas impermeables y allí sólo se pueden encontrar los tanques de agua y sentir la fuerza del viento.
Desde esa altura podía visualizar los patios internos que daban hacia otra calle, donde filas de camiones esperaban para ser abastecidos. Había un gran depósito de colchones que se extendía hacia lo alto, tanto, que formaban un muro varios metros más arriba que el edificio de diecisiete pisos en el que yo vivía.
Uno de los empleados del depósito comenzó a mover y sacudir las pilas de colchones y éstos empezaron a caer de a uno, dos, cinco, diez, casi todos. A medida que se desplomaban en el piso sentía que la onda expansiva del golpe hacía vibrar el edificio.
Inmediatamente, comenzó a subir una espesa nube de polvo blanco. Era lo que me temía. El corazón de los colchones, eso que sospechaba.
Miré nuevamente hacia abajo y el personal se había encerrado en las oficinas, esperando que el aire vuelva a ser respirable. La nube empezaba a subir y venía hacia mí. Desesperada, intenté buscar una salida. Del lado opuesto, había una larga escalera que recorría los diecisiete pisos, pero parecía muy frágil.
Nunca sufrí de vértigo hasta ese momento. El corazón iba a explotar por mi boca cuando miraba el precipicio. Pensaba en los once pisos que tenía que bajar hasta llegar al sexto, donde estaba mi departamento. Los nervios no me permitían deducir que sería suficiente bajar uno o dos pisos y luego seguir descendiendo por el interior del inmueble hasta mi casa. No lo pensé entonces, lo estoy cavilando ahora.
Grité muy fuerte. Mi marido llegó a escucharme desde el balcón de casa. Él no sabía que estaba haciendo en la terraza, pero me pedía que bajase de inmediato. En la altura, gritaba y lloraba porque no me atrevía a bajar.
Me asomé hacia el otro patio, pensando en dejarme caer dieciséis pisos sobre la pila de colchones. Uno de los camioneros me vio y dio aviso al resto. Algunos ingresaron al edificio en busca de mí. Seguramente yo sería testigo de algo que no debía haber visto jamás. La adrenalina que me provocaba ese momento era tan fuerte, tan intensa, que desperté.

viernes, 2 de febrero de 2007

Un sobre de cuero negro

Hacía bastante tiempo que, curiosamente, la importancia de adquirir un seguro de vida se paseaba por la mente de Angélica Guzmán Pero este asunto de hacer trámites resultaba siempre un tanto tedioso, y esta tarea debía hacerla personalmente.

Se decidió por fin: telefoneó a una aseguradora de prestigio y solicitó una entrevista con un asesor para el lunes siguiente, en horas de la mañana. Los lunes, como era costumbre, su renombrado salón de belleza mantenía las puertas cerradas, eso le facilitaría realizar el tan postergado trámite.

Comenzaba la semana. Angélica preparaba la documentación necesaria y, luego de un café, se dirigía hacia la compañía de seguros. Había dejado el coche estacionado a unos pocos metros de la aseguradora. Caminaba hacia la entrada cuando en la puerta de la agencia encontró un sobre de cuero color negro con documentación. Lo miró por unos segundos, lo guardó y se orientó hacia el interior del lugar a cumplir con lo que se había propuesto.

Todos sus papeles perecían en regla y bastaron algo de veinte minutos para cerrar la solicitud se seguro con su firma. Al salir se introdujo en su automóvil y el sobre de cuero negro aún continuaba en su poder. No soportó la curiosidad y terminó por revisarlo. En su interior se hallaban un mapa de rutas, una agenda índice, varios carnets y una cédula de identidad, todo a nombre de Antonio de la Fuente. No prestó demasiada atención a la fotografía.

La constante presencia de ese objeto de cuero lograba molestarla. Sólo dos días pasaron para que Angélica tomara la determinación de anotar la dirección que figuraba entre los datos de Antonio y le enviara su sobre por correspondencia.

Angélica concurría todos los días a su local de belleza, sólo para cerciorarse que todo funcionara como es habitual y así conservar su afamada clientela. A su salón se acercó un cartero de una mensajería privada y le entregó un sobre marrón a una de las empleadas del local. Se trataba de un folleto publicitario y estaba enviado a nombre de Angélica Guzmán, quien no le dio mayor interés y lo dejó en el mostrador hasta el momento de retirarse.

Una vez en casa y sola, como todas las noches entre zapping y café, Angélica por fin abrió el sobre publicitario. Lo que había dentro era una promoción de una escuela privada de vuelos. Ella se sonrió, recordaba que desde niña siempre soñó con volar; sin embargo, la vida muchas veces marca otras prioridades y el hecho de pilotear un avión le sonaba un poco descabellado. Ya no se consideraba en edad para hacer esas cosas.

Al día siguiente comentó lo del folleto con una amiga, quien había escuchado sobre la escuela de vuelo y la animó a inscribirse. “Me dijeron que el lugar es bueno –aseguró- además tiene muchos años de trayectoria- Por otra parte, pensá, necesitás un poco de distracción, la edad no es motivo de preocupación”. Poco convencida, al llegar el siguiente domingo, Angélica se dirigió hasta el hangar a inscribirse y realizar su primera prueba.

Una recepcionista le muestra el camino y le indica “pase por aquí, enseguida viene su instructor”. Al cabo de unos minutos aparece ante ella un hombre robusto, alto, de gran espalda. Se presentó como el instructor de vuelo y la llevó hacia el avión correspondiente para comenzar la lección. La clase ya llevaba media hora y Angélica observaba detenidamente el rostro de su instructor, creía haberlo visto antes, pero no, sería prácticamente imposible conocerlo de antes. Decidió preguntarle su nombre. Antonio de la Fuente fue la respuesta. Angélica ya no atendía su clase, se quedó pensando de dónde le sonaba ese nombre. La imagen del sobre de cuero negro vino a su cabeza en ese instante. No sabía bien por qué, pero comenzó a ponerse nerviosa.

Antonio parecía conocer bien a Angélica, eso era lo que su mirada le demostraba. Ella se sintió mal y pidió continuar con su clase en otro momento; no podía creer lo que sucedía, ni la casualidad, ni su repentino malestar.

Antonio de la Fuente clavaba su mirada en ella, cada vez con mayor firmeza. Luego de un intervalo de silencios le dijo -“¿Querías volar?....llegar muy alto? Hoy es el día en que se va a cumplir tu deseo, hoy alcanzarás la cúspide y verás estas montañas más cerca que nadie… ¡Hoy es ese día!”.

Un instante después, el avión en el que se dirigían explotaba contra la ladera de una colina.

Al día siguiente, frente a la compañía de seguros, un hombre robusto, alto, de gran espalda, dejaba caer un sobre de cuero negro.

martes, 30 de enero de 2007

Corre Ana, corre.

La parte del sueño que recuerdo comienza cuando me enteraba de que me quedaba sin trabajo en la compañía de seguros. Y quedaba como quien dice “en bolas”. Literalmente en bolas. Empecé a correr desnuda por las calles de la ciudad, tratando de llegar a la empresa. Era una tarea muy difícil, sentía que nunca llegaba. Corría, intentando que en el camino nadie me viese así.
Desesperada ingresé en una casa, como si me escondiera de alguien. Dentro, estaba una señora mayor, de unos 65 años, que apenas me vio y sin decirme ni una sola palabra, extendió su mano y me dio un viejo batón para que me pusiera. La prenda estaba ajada, un poco transparente de tanto uso, era de una tela un poco áspera, pero servía para cubrirme y seguir camino. Antes de irme, la señora me sirvió un té que tomé de pie. Me fui, corriendo.
Seguía corriendo. Iba atravesando calles y para acortar el camino cruzaba a través de las casas. Nunca estuve tan lejos de mi lugar de trabajo. Ingresé a la empresa. En lugar del tradicional edificio al que estamos acostumbrados a ver todos los días, había un fastuoso edificio lleno de locales comerciales, pequeños puestos de venta iluminados, con buena arquitectura, como si fuera un shopping. Preguntaba donde estaba mi escritorio, nadie sabía decirme. Me explicaban que en los pisos de arriba quedaban algunos puestos de trabajo, que fuera a corroborar si encontraba el mío. De esa forma deambulé por varios pisos. En el camino hablaba con algunos conocidos y ninguno sabía decirme que estaba pasando.
Salí. Intenté ingresar nuevamente por la playa de estacionamiento que da a la calle de atrás. Mientras le daba la vuelta a la cuadra observé que un hombre apuntaba a otro desde un edificio vecino a la empresa. No me veían. El hombre con el arma disparó, la víctima cayó y yo grité. El hombre se dio cuenta de que lo había visto y bajó desesperado como si viniera a buscarme. Me metí en el estacionamiento. Estaba asustada, agitada. Todo era diferente, el escenario y los personajes también ahí habían cambiado. Temblaba. Desperté.

sábado, 27 de enero de 2007

MADE IN CHINA


No recuerdo con exactitud la hora en que ocurría el hecho. Recuerdo si, que había sol y estaba templado, era otoño, en pleno día.

Repentinamente el cielo se ennegreció como en los instantes previos a cualquier tormenta. Yo estaba en casa de mis padres con mi novio y mi hermano. La oscuridad de afuera nos llamó la atención y nos vimos obligados a salir y ver qué sucedía.

Parece una tormenta, aunque hay un clima enrarecido –dijo mamá, que pronto apareció en escena. En los sueños muchos personajes aparecen y desaparecen, cambian los escenarios, las situaciones y uno no se lo cuestiona.

En el cielo comenzaron a verse luces como reflectores. Nos encandilaban y no podíamos ver de qué se trataba, no entendíamos qué estaba sucediendo: el cielo negro, el viento era envolvente. Parecía que una nave espacial bajaba del cielo. ¡Extraterrestres! –eso pensamos todos. Era una nave, o al menos eso era los que nos decía la forma del objeto. Estábamos en el patio de casa observándolo todo. Miramos a nuestro alrededor y asombrados notamos que muchas de las casas vecinas habían desaparecido. En su lugar había solo tierra, un gran descampado donde aterrizó la máquina. La comida dentro de la casa se enfriaba. Estábamos almorzando en el momento en que salíamos a ver qué estaba aconteciendo en el cielo y en la tierra.

La nave aterrizó y una gran puerta comenzó a abrirse hacia arriba. Salieron de ella cerca de diez hombres. Eran asiáticos. Eran terrestres.

Entendimos, sin mayores explicaciones, que desde hace tiempo la gente que había visto ovnis había estado engañada. Detrás de las figuras de enanos verdes con grandes ojos oblicuos se escondían chinos. Durante años los orientales estuvieron estudiando el planeta, buscando algún tipo especial de energía, investigando cómo podían apropiarse de todos los recursos y dominar el mundo.

Instantes más tarde, decenas de naves llegaron y se ubicaron para aterrizar. Pocos minutos pasaron hasta que todos fuimos tomados por esclavos.

Desperté mientras un chino mandarín me llevaba por la fuerza.

jueves, 25 de enero de 2007

HISTORIAS SOÑADAS

Cada noche en su cuarto, nunca antes de medianoche, le pedía a la radio una historia para volar hacia el sueño.

Soñaba con escribir su mejor cuento.

Amasaba las palabras, trataba de desmenuzarlas y volver a juntarlas probando distintas combinaciones, pero no lograba encontrar el relato que hiciera de esas uniones una historia especial.

En muchas ocasiones los sueños le narraban historias intermitentes, algunas veces coherentes, la mayoría disparatadas. Decidió contarlas, compartirlas, hasta encontrar aquella que siempre había imaginado.