sábado, 27 de enero de 2007

MADE IN CHINA


No recuerdo con exactitud la hora en que ocurría el hecho. Recuerdo si, que había sol y estaba templado, era otoño, en pleno día.

Repentinamente el cielo se ennegreció como en los instantes previos a cualquier tormenta. Yo estaba en casa de mis padres con mi novio y mi hermano. La oscuridad de afuera nos llamó la atención y nos vimos obligados a salir y ver qué sucedía.

Parece una tormenta, aunque hay un clima enrarecido –dijo mamá, que pronto apareció en escena. En los sueños muchos personajes aparecen y desaparecen, cambian los escenarios, las situaciones y uno no se lo cuestiona.

En el cielo comenzaron a verse luces como reflectores. Nos encandilaban y no podíamos ver de qué se trataba, no entendíamos qué estaba sucediendo: el cielo negro, el viento era envolvente. Parecía que una nave espacial bajaba del cielo. ¡Extraterrestres! –eso pensamos todos. Era una nave, o al menos eso era los que nos decía la forma del objeto. Estábamos en el patio de casa observándolo todo. Miramos a nuestro alrededor y asombrados notamos que muchas de las casas vecinas habían desaparecido. En su lugar había solo tierra, un gran descampado donde aterrizó la máquina. La comida dentro de la casa se enfriaba. Estábamos almorzando en el momento en que salíamos a ver qué estaba aconteciendo en el cielo y en la tierra.

La nave aterrizó y una gran puerta comenzó a abrirse hacia arriba. Salieron de ella cerca de diez hombres. Eran asiáticos. Eran terrestres.

Entendimos, sin mayores explicaciones, que desde hace tiempo la gente que había visto ovnis había estado engañada. Detrás de las figuras de enanos verdes con grandes ojos oblicuos se escondían chinos. Durante años los orientales estuvieron estudiando el planeta, buscando algún tipo especial de energía, investigando cómo podían apropiarse de todos los recursos y dominar el mundo.

Instantes más tarde, decenas de naves llegaron y se ubicaron para aterrizar. Pocos minutos pasaron hasta que todos fuimos tomados por esclavos.

Desperté mientras un chino mandarín me llevaba por la fuerza.

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