Se decidió por fin: telefoneó a una aseguradora de prestigio y solicitó una entrevista con un asesor para el lunes siguiente, en horas de la mañana. Los lunes, como era costumbre, su renombrado salón de belleza mantenía las puertas cerradas, eso le facilitaría realizar el tan postergado trámite.
Comenzaba la semana. Angélica preparaba la documentación necesaria y, luego de un café, se dirigía hacia la compañía de seguros. Había dejado el coche estacionado a unos pocos metros de la aseguradora. Caminaba hacia la entrada cuando en la puerta de la agencia encontró un sobre de cuero color negro con documentación. Lo miró por unos segundos, lo guardó y se orientó hacia el interior del lugar a cumplir con lo que se había propuesto.
Todos sus papeles perecían en regla y bastaron algo de veinte minutos para cerrar la solicitud se seguro con su firma. Al salir se introdujo en su automóvil y el sobre de cuero negro aún continuaba en su poder. No soportó la curiosidad y terminó por revisarlo. En su interior se hallaban un mapa de rutas, una agenda índice, varios carnets y una cédula de identidad, todo a nombre de Antonio de la Fuente. No prestó demasiada atención a la fotografía.
La constante presencia de ese objeto de cuero lograba molestarla. Sólo dos días pasaron para que Angélica tomara la determinación de anotar la dirección que figuraba entre los datos de Antonio y le enviara su sobre por correspondencia.
Angélica concurría todos los días a su local de belleza, sólo para cerciorarse que todo funcionara como es habitual y así conservar su afamada clientela. A su salón se acercó un cartero de una mensajería privada y le entregó un sobre marrón a una de las empleadas del local. Se trataba de un folleto publicitario y estaba enviado a nombre de Angélica Guzmán, quien no le dio mayor interés y lo dejó en el mostrador hasta el momento de retirarse.
Una vez en casa y sola, como todas las noches entre zapping y café, Angélica por fin abrió el sobre publicitario. Lo que había dentro era una promoción de una escuela privada de vuelos. Ella se sonrió, recordaba que desde niña siempre soñó con volar; sin embargo, la vida muchas veces marca otras prioridades y el hecho de pilotear un avión le sonaba un poco descabellado. Ya no se consideraba en edad para hacer esas cosas.
Al día siguiente comentó lo del folleto con una amiga, quien había escuchado sobre la escuela de vuelo y la animó a inscribirse. “Me dijeron que el lugar es bueno –aseguró- además tiene muchos años de trayectoria- Por otra parte, pensá, necesitás un poco de distracción, la edad no es motivo de preocupación”. Poco convencida, al llegar el siguiente domingo, Angélica se dirigió hasta el hangar a inscribirse y realizar su primera prueba.
Una recepcionista le muestra el camino y le indica “pase por aquí, enseguida viene su instructor”. Al cabo de unos minutos aparece ante ella un hombre robusto, alto, de gran espalda. Se presentó como el instructor de vuelo y la llevó hacia el avión correspondiente para comenzar la lección. La clase ya llevaba media hora y Angélica observaba detenidamente el rostro de su instructor, creía haberlo visto antes, pero no, sería prácticamente imposible conocerlo de antes. Decidió preguntarle su nombre. Antonio de la Fuente fue la respuesta. Angélica ya no atendía su clase, se quedó pensando de dónde le sonaba ese nombre. La imagen del sobre de cuero negro vino a su cabeza en ese instante. No sabía bien por qué, pero comenzó a ponerse nerviosa.
Antonio parecía conocer bien a Angélica, eso era lo que su mirada le demostraba. Ella se sintió mal y pidió continuar con su clase en otro momento; no podía creer lo que sucedía, ni la casualidad, ni su repentino malestar.
Antonio de la Fuente clavaba su mirada en ella, cada vez con mayor firmeza. Luego de un intervalo de silencios le dijo -“¿Querías volar?....llegar muy alto? Hoy es el día en que se va a cumplir tu deseo, hoy alcanzarás la cúspide y verás estas montañas más cerca que nadie… ¡Hoy es ese día!”.
Un instante después, el avión en el que se dirigían explotaba contra la ladera de una colina.
Al día siguiente, frente a la compañía de seguros, un hombre robusto, alto, de gran espalda, dejaba caer un sobre de cuero negro.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario