martes, 20 de marzo de 2007

Colchones de nube blanca

Sentí el ruido de un motor y me asomé al balcón de casa, en el sexto piso. Un camión estaba maniobrando, acomodándose sobre el techo del primer piso. Nunca antes nadie había siquiera caminado por allí. El piso parecía de una goma vieja, machacada de tantas pisadas y de un color oscuro, manchado de hollín.
Una vez instalado, el camión se perdía hacia atrás, como entrando a un estacionamiento. El camión no se movía, en realidad estaba siendo transportado de reversa por una cinta, que no se distinguía por la calidad del engomado del piso.
Al ver ingresar el camión sentí una gran curiosidad y me dirigí a la terraza, sobre el piso 17. Aún no sé cómo llegué hasta allí. La terraza no es un lugar de fácil acceso ni apta para ser transitable. El piso tiene membranas impermeables y allí sólo se pueden encontrar los tanques de agua y sentir la fuerza del viento.
Desde esa altura podía visualizar los patios internos que daban hacia otra calle, donde filas de camiones esperaban para ser abastecidos. Había un gran depósito de colchones que se extendía hacia lo alto, tanto, que formaban un muro varios metros más arriba que el edificio de diecisiete pisos en el que yo vivía.
Uno de los empleados del depósito comenzó a mover y sacudir las pilas de colchones y éstos empezaron a caer de a uno, dos, cinco, diez, casi todos. A medida que se desplomaban en el piso sentía que la onda expansiva del golpe hacía vibrar el edificio.
Inmediatamente, comenzó a subir una espesa nube de polvo blanco. Era lo que me temía. El corazón de los colchones, eso que sospechaba.
Miré nuevamente hacia abajo y el personal se había encerrado en las oficinas, esperando que el aire vuelva a ser respirable. La nube empezaba a subir y venía hacia mí. Desesperada, intenté buscar una salida. Del lado opuesto, había una larga escalera que recorría los diecisiete pisos, pero parecía muy frágil.
Nunca sufrí de vértigo hasta ese momento. El corazón iba a explotar por mi boca cuando miraba el precipicio. Pensaba en los once pisos que tenía que bajar hasta llegar al sexto, donde estaba mi departamento. Los nervios no me permitían deducir que sería suficiente bajar uno o dos pisos y luego seguir descendiendo por el interior del inmueble hasta mi casa. No lo pensé entonces, lo estoy cavilando ahora.
Grité muy fuerte. Mi marido llegó a escucharme desde el balcón de casa. Él no sabía que estaba haciendo en la terraza, pero me pedía que bajase de inmediato. En la altura, gritaba y lloraba porque no me atrevía a bajar.
Me asomé hacia el otro patio, pensando en dejarme caer dieciséis pisos sobre la pila de colchones. Uno de los camioneros me vio y dio aviso al resto. Algunos ingresaron al edificio en busca de mí. Seguramente yo sería testigo de algo que no debía haber visto jamás. La adrenalina que me provocaba ese momento era tan fuerte, tan intensa, que desperté.

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